Había una vez un médico…

Los años cincuenta del siglo anterior fueron muy intensos. Una época de postguerra, de reajustes en los modelos económicos, de choques frontales entre conservadurismo y renovación.

En una pequeña población llamada Quillabamba, asentada a las orillas del Vilcanota en el valle de La Convención, las familias pioneras se organizaban para progresar en una ciudad ordenada, ansiosas de sacarle el jugo a la pródiga naturaleza de ese entorno.

Pero no todo era fácil. El acceso era largo y accidentado. Había que trepar sobre los 4 mil metros de altitud hasta el Abra de Málaga y descender hacia el valle en una ruta llena de riesgos. Los aborígenes y la población migrante de escasa cultura y poca capacidad económica poblaban caseríos desordenados.

Ahí la ceja de selva imperaba. Los niños sufrían desnutrición y tenían las barrigas hinchadas por los parásitos; los mayores sufrían el mal del bocio, y desde la década de los años 40, aún quedaban brotes de la malaria que había arrasado con más de 15 mil personas. Era la venganza de los mosquitos.

Para participar en la erradicación de la malaria, llegó ahí un joven médico que trabajó en el hospital regido por monjas dominicas. Pronto percibió que la tarea era inmensa y su corta estadía se transformó en muchos años de labor y dedicación.

Se llamaba Luis Oviedo Rodríguez. Había egresado de San Fernando y estudiado una especialidad en Ecuador. Tenía las manos grandes y suaves. Y con esas manotas había desarrollado una sorprendente habilidad para la cirugía: cerraba heridas que no dejaban huella. Aprendió de la medicina local; combinaba las recetas de fármacos con los consejos tradicionales.

En esos lugares el médico tenía que ser médico general. Atendía niños, mujeres parturientas, hombres accidentados, extracción de muelas. Y debía hacer el trabajo de laboratorio. Para ello el Dr. Oviedo tenía un maravilloso microscopio portátil y un libro gordo llamado vademécum de enfermedades.

Muchos de sus pacientes eran nativos o migrantes que atraídos por el trabajo en las grandes haciendas de caña de azúcar, café y frutales llegaban hacia las zonas productivas y enfermaban.

Se compadeció de aquellos que tenían un abultado y horroroso quiste colgando de sus quijadas: el bocio que por falta de yodo los afeaba y deprimía. En esos años él les hacía operaciones que fueron pioneras de la cirugía plástica.

La gratitud de sus pacientes y su modo de pago se traducía en cajones de fruta y buena fama.

En esa década de los 50 conoció a una joven profesora que había visitado Quillabamba en una excursión universitaria y se enamoraron. Formaron un hogar.

Así se incorporó a las familias fundadoras de la población. Hacia el año 1954 ya era concejal y se preocupaba de la salubridad pública, Entre 1956 y 57, fue Teniente alcalde en el gobierno municipal de Gonzales Willis.

Pronto abrió su propio consultorio por donde desfilaban desde nativos machiguengas o asháninkas que no entendían el español, hasta peones de habla quechua o aymara. Su paciencia y serenidad permitía que todos le entendieran, pues hablaba el idioma de la esperanza.

Una década después de su arraigo, el valle se llenó de sindicatos agrarios y de revueltas guerrilleras. Con seis hijos a cuestas y ante la falta de planteles educativos, la familia decidió migrar y se asentó en Cusco. Ahí continuó con su pericia cirujana y el buen tino para tratar a los pacientes.

Sin embargo, en alguna intervención quirúrgica sintió que le temblaba la mano. Ese día decidió dejar la cirugía y pasar a la administración hospitalaria. Estudió para ello.

Lo nombraron director del emblemático Hospital Antonio Lorena. Muchos años después se convirtió en el especialista para ordenar la administración de hospitales públicos. Pasó por la dirección del Regional de Trujillo, del Hospital de Huancayo, del hospital del Niño y de la Maternidad de Lima.

Décadas después, cuando toda la familia ya residía en Lima, de vez en cuando aún nos llegaban unos cajones de fruta que venían desde el valle. Era la mejor muestra de que mi padre, Luis Oviedo, había hecho una tarea dedicada no solo a curar sino a atender a las personas. Va este pequeño homenaje a tu memoria, querido papá.

Imagen: Luis Oviedo (de pie, primero de la izquierda) en foto extraída del libro de Teodoro Portugal Carbajal, “Apuntes para la historia de la provincia de la Convención», data de 1954. Al lado, cuando residía en Cusco.

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