La pretensión de ser algo que no se es, en nuestro país tiene un sonoro y totalizador nombre: huachafería.
Hace poco un columnista (1) a propósito de la muerte de Mario Vargas Llosa recordó uno de sus artículos publicado en 1983, bajo el título de «Un champancito, hermanito» donde el laureado escritor exponía que la huachafería, además de ser una visión del mundo tenía una clara práctica, y un alcance transversal en nuestra sociedad. Lo cual nos remite al verbo engolado y redundante de los políticos, tanto como a los actos supuestamente sofisticados de nuestros comunes emergentes y falsarios de reuniones sociales.
En su libro «Peruanismos», Martha Hildebrandt menciona un dato que le proporcionó Estuardo Núñez: allá por 1890 llegó a Lima una modesta familia colombiana que en el barrio de Santa Catalina comenzó a realizar frecuentes fiestas, a fin de que las jóvenes casaderas de la familia se relacionaran. A esas reuniones en su país las llamaban guachafas. Y, al parecer, con el tiempo, a las personas que como ellas pretendían ser más de lo que eran, se les llamó huachafas (2). Aunque doña Martha da otras posibilidades al origen de ese peruanismo, reconoce que son hipótesis por confirmar.
Y de hecho, hay otra, que suena interesante. El ingeniero, minero y emprendedor, Felipe de Lucio publicó una serie artículos sobre el origen de las palabras y después un libro que los compila (3). Ahí narra que desde el siglo XVIII, la parte oriental de la ciudad de Londres comenzó a ser habitada por pobres y marginados, que con el tiempo se integraron en el distrito WhiteChapel (capilla blanca), lleno de fábricas textiles y talleres de artesanos (ese barrio fue escenario de los asesinatos de Jack el Destripador). Muchos de sus pobladores se hicieron ricos y lucían su prosperidad paseando con trajes y joyas ostentosas. Se les denominó whitechaps.
En el siglo XIX, el gobierno peruano firmó un acuerdo con la empresa inglesa Peruvian Corporation, a la que entregó el control de los ferrocarriles, en forma de pago por unos bonos incumplidos. Con ese motivo llegaron al país ingenieros y técnicos ingleses con experiencia en ferrocarriles. Cuando éstos veían a gente vestida con pretensión y sin gusto, les decían whitechaps, como en Londres. El término fue asimilado por los limeños, y así se llegó a huachafo para designar al que peca de cursilería pretenciosa.
Muchos huachafos tenemos. El que dice «antes de hablar, voy a decir algunas palabras»; el que va con traje y corbata, pero calza zapatillas en una fiesta; el que le pone faros neblineros a su mototaxi; el que dice «vamos a aperturar una sección». Huachafo el que lleva el envase de Starbucks a la oficina conteniendo café de su casa; huachafa la que se casa con un vestido escotado y de tules coloridos, creyendo que es su “boda gitana”; huachafa la que denomina a su salón Rosita´s spa, con aire gringo. Agreguen todo lo que se les ocurra.
Habrá dudas sobre el origen de la palabrita, pero no hay duda sobre el cómo los peruanos le hemos dado significado y vigor a ese comportamiento cursi, arribista, pretencioso.
Después de todo, suena más digno creer que ese vocablo peruano proviene del lejano Londres y no de algún barrio colombiano (¡ya me salió la huachafería!).
1.- Bedoya, Jaime, Un champancito inmortal. Peru21, 20 de abril.
2.- Hildebrandt M., Peruanismos, Francisco Moncloa Editores, 1969, Lima. Pág. 208.
3.- De Lucio, F. Del origen de las palabras y las frases, 1993, Lima. Pag. 93.
IMAGEN: Foto retocada sobre Acuarela de Pancho Fierro (1830).