Ya sé, ya sé. Algunos dirán que no es necesario hacer este comentario porque los abogados son realmente representantes del demonio y manipulan los recursos de la ley para velar por sus propios intereses, o por los de clientes poco decentes.
Para ser francos, hay abogados buenos y malos como en toda profesión, aunque algunos de esos se esmeran en ser odiosos porque una mala argumentación de su parte o un enfoque errado (intencional o no) trae consecuencias funestas y poco reversibles.
Sin embargo, la frase arriba enunciada significa que alguien asume una posición para buscar vicios en alguna propuesta, para comprobar la solidez de una idea. Un abogado del diablo es el que da vueltas al asunto, el que busca tres pies al gato, sabiendo que tiene cuatro, el que se pone el sombrero negro (de Edward de Bono) para ser crítico y advertir riesgos de un proyecto. Es el antipático y aguafiestas, a veces necesario.
Se dice que la iglesia cristiana en sus inicios, rendía culto a sus mártires para enseñar el camino con el ejemplo, lo que era un rito conducido por el obispo local. Más tarde en el siglo X se concentró en el Papa el derecho de reconocer a los santos. Ulrico, obispo de Augsburgo fue el primer santo canonizado por Juan XV en 1634 (1).
Después se emitió un procedimiento para la canonización formal, lo que se encargó a la Sagrada Congregación de la Fe. Pues bien, en este proceso se nombraba a un cura para que postulara la causa del candidato a santo, el postulador causa, y se designaba a otro como encargado de encontrarle fallas y formular la tacha. A este se le llamó advocatus diáboli, o sea el abogado del diablo.
Había pues, el implícito reconocimiento de representar los posibles intereses del diablo, para ponerlos en evidencia. Su denominación cambió a “promotor de la justicia” desde las reformas de 1983. En la justicia ordinaria, es el fiscal, el acusador.
«Advocatus» en latín significa «defensor»; deriva de «ad auxilium vocatus» el que es «llamado para ayudar». Ese es el origen etimológico de la palabra abogado en español, para referirse al profesional que realiza la defensa legal de un individuo.
Dice la Biblia que San Nicodemo fue el abogado de Jesús. Era un judío que aparece en el Nuevo Testamento cristiano, que llegó a tener un profundo diálogo con Jesucristo. Según el Evangelio de Juan, Nicodemo era un rico fariseo y miembro del Sanedrín, que luego, en el consejo de «príncipes de los sacerdotes y fariseos» (cf. Jn 7, 45 y ss.), defendió a Jesús explicando a sus compañeros que «han de oír e investigar antes de hacer un juicio definitivo sobre él» (Wikipedia).
No todos los abogados son feos. De hecho, Keanu Reeves protagonizó un thriller sobrenatural en la película Abogado del diablo, como un joven y exitoso abogado que, acepta un puesto en el bufete de abogados más poderoso del mundo, sin saber que terminará luchando por su alma contra el mismísimo demonio, su malvado jefe, protagonizado por Al Pacino (ver imagen).
Ahora que todo el mundo habla del nuevo Papa León XIV, sería bueno preguntarse si cuando era el obispo Roberto Prevost, prefecto del Dicasterio para los Obispos en el Vaticano, entidad clave para nombrar a los obispos en todo el mundo, ¿él o alguien más hizo de advocatus diáboli con los candidatos a esa investidura? O mejor aún: en el cónclave de sus electores como Papa ¿hubo algún abogado del diablo que ejerció esa atávica función? No se sabe.
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1.- De Lucio, F. Del origen de las palabras y las frases, 1993, Lima, pág. 1.