Coyllurqui, tan lejos; Alipio, tan cerca.

Hace pocos días hubo un festejo popular en el distrito de Coyllurqui, en homenaje a don Alipio Valenzuela Loaiza. Acto litúrgico en la iglesia en su honor, pasacalle alegre con baile y cohetería en la plaza ¿Por qué? ¿Quién fue don Alipio?

Para empezar, fue mi querido abuelo materno. Alipio Valenzuela Loaiza, nacido en la provincia Grau, Apurímac, era un hombre de mucha presencia, alto, de ojos claros. Andaba con pisada firme. Sus hombros anchos y brazos gruesos denotaban su fortaleza. Como un señor de aquellos de mediados del siglo pasado, era un caballero que vestía traje y chaleco y portaba sombrero cuando andaba por la ciudad del Cusco.

Nada le impedía —sin embargo— ser alguien que se arremangaba la camisa y hundía sus pies en el lodo cuando tenía que trabajar con sus campesinos u operarios, codo a codo. Gustaba de leer todo lo que podía. Era conversador agradable, animador de reuniones sociales, pues tocaba guitarra y cantaba huaynos muy sentidos.

Hay que decir que era un enamorado del amor, y que en cada rincón donde vivió siempre tuvo una compañera, y mucha descendencia. Le gustaban los juegos de azar y perdió muchos bienes en el camino. Pero también era un ser de ideales y convicciones políticas, lo que le ocasionó persecución y enemistades en algunas provincias de Cusco y Apurímac, donde residió. No tenía una profesión reconocida. Pero fue hacendado, administrador de fincas, contratista de carreteras, operario de tractor, técnico de voladura con dinamita; trovador, torero, polemista de plaza pública.

Manejó una hacienda importante en Coyllurqui, lugar donde llegó a ser el primer alcalde, luego de que gestionara exitosamente que el gobierno de Manuel Prado lo reconociera como distrito de la provincia de Cotabambas (Apurímac), en 1942. Coyllurqui era apenas un pueblito de buen clima, que tenía vocación de panllevar y actividad minera en alrededores. Ochenta años después, la Municipalidad lo ha reconocido como forjador del distrito, haciendo justicia a un olvido de la historia.

Coyllurqui está a unas cinco horas de Cusco, viajando por una carretera que va desde la cumbre hasta el valle y viceversa, con curvas ceñidas y panorámicas. Coyllurqui es la castellanización de dos palabras quechuas qoyllur (estrella) y huqui (cuidado, o proximidad). La leyenda dice que tiempo atrás cayó un meteorito y que en ciertas madrugadas se descubre una luz estelar indescriptible que alumbra entre los cerros. Quizá por eso dicen que la zona está cerca de las estrellas.

El pueblo ha crecido; sigue siendo un lugar enmarcado por una agreste pero hermosa geografía. En su placita reza su lema: Cuna del Yawar fiesta. Lo que recuerda esa antigua tradición altoandina:  la pugna entre el cóndor amarrado al lomo del toro que quiere volar y el toro que se resiste, danzando un ritual sangriento y simbólico. El cóndor, ave enorme y venerada, representa a los sufridos indígenas, mientras que el toro, bestia traída por los conquistadores, representa a los españoles que los explotaron.  Eso inspiró la novela “Yawar fiesta”, de José María Arguedas que plasmó justamente la confrontación cultural entre el país costeño y el país serrano de entonces.

Emerge ahora un recuerdo con emociones encontradas de don Alipio. Como se estilaba en aquellos años, fue mi padrino de primera comunión. Después de la ceremonia, en una mañana de mayo, en el colegio Salesiano del Cusco, mis padres me dijeron que nos íbamos a la casa. Y yo, que había soñado con el opíparo desayuno que ofrecían en el comedor de los curas, protesté enérgicamente, pero sin éxito. Era tradicional que los niños ya comulgados, se sirvieran el churrasco con papas, la leche con chocolate, los panes recién horneados con el queso amarillo italiano y el queque de pasas. Se diría que hice la comunión para desayunar en el colegio, y no se pudo. Mi reciente beatitud me impedía hacer un berrinche. Pero, ya en casa, el abuelo me habló con afecto y me colocó una medallita de oro en el cuello. Algo sutil nos vinculó desde entonces.

Cuando nos visitaba, su llegada era un gran acontecimiento. Los chicos corríamos a saludarlo porque nos satisfacía abrazar a ese gigante bondadoso. Antes de que hurgáramos en sus bolsillos, él levantaba la mano en son de paz, luego nos repartía los chocolatitos que nos traía.

Cierta vez, él me halló pintando un cuadro, pues desde los ocho años manejaba las acuarelas. Me dijo que tenía talento y que algún día iría a Madrid para conocer el Museo del Prado donde aprendería de los grandes pintores europeos. Su pronóstico se cumplió, parcialmente. No llegué a ser artista, pero obtuve una beca para seguir un posgrado en España y, claro que recorrí los enormes salones de ese Museo.

Dicen que pronto, una calle del pueblo llevará su nombre. Recordará a quien le dio estatus político e impulsó su crecimiento. Ese hecho motiva este recuerdo que comparto. Porque el calor humano de un abuelo, nunca se olvida; más aún si es un personaje que generó cariño y admiración. Ya te pinté un cuadro, ya te escribí un texto, abuelo.

Imagen: Alipio Valenzuela, joven; el pasacalle con presencia de algunos descendientes.